cuentos de ficción para los que no pueden dormir

BISIESTO

Fue en julio del año bisiesto. En julio del año terráqueo, se entiende, nosotros estábamos en Marte a unos cuantos grados bajo cero y con una tenue luz. Acabábamos de estrenar nuestra flamante base autóctona. Estábamos orgullosos aunque dependíamos de las lanzadoras rusas, puesto que eran las únicas preparadas para enviarnos material en poco tiempo. Aún estábamos investigando el hielo que había en su suelo marciano, cuando apareció aquel "meteorito", bueno, ese fue el primer nombre que nos vino a la cabeza. Se estrelló a pocos metros de la base y hizo suficiente ruido como para que fuéramos a echar un vistazo. Fuimos Mustafa -Turquía había sido uno de los financiadores del proyecto- y yo, Daniel. Sabíamos que últimamente todo el mundo estaba instalando bases en suelo marciano, Chinos, Indios, Japoneses, todas las potencias industriales. O sea que perfectamente podía haber sido también una nave que hubiera aterrizado fatalmente.
Nos acercamos con el todo terreno por si tuviéramos necesidad de trasladar algún material. El objeto impactante había abierto un cráter de un centenar de metros de diámetro. En su centro, humeante había un objeto esférico de color negro brillante. Los sensores de temperatura nos indicaban que estaba tan caliente como un horno de fusión. Decidimos esperar y comunicar el hallazgo a la base central de la tierra. A su vez me llego un mensaje por el correo.
"llega expedición estadounidense a su base. Ayúdenla en todo lo posible. Remitan fotografías y mediciones."
Al cabo de un rato, cuando ya empezaba a descender la temperatura, vimos a lo lejos llegar otro todo terreno. Eran los estadounidenses. Era un grupo de cuatro hombres mandado por un comandante.
- ¿Son los de la base europea?-
Nos preguntó
- Efectivamente, ustedes son de la base estadounidense, ¿verdad?-
- Así es, mi nombre es comandante Harris, soy ingeniero especialista . Pueden volver a su base cuando quieran, ya nos ocupamos nosotros del objeto.
- Nos han dicho que les ayudemos-
- No hace falta, se lo agradecemos.
- Si no le importa, tiraremos unas fotografías.
- No se si me expresado con claridad, pueden volver a su base-
Mustafa y yo nos miramos a la cara, con una mezcla de indignación y perplejidad. Me di cuenta de que sus hombres iban armados con unos extraños fusiles. Empuje a Mustafa hacia el vehículo. Una vez dentro, antes de arrancar, nos dedicamos hacer algunas fotos, mientras los estadounidenses habían colgado unas cuerdas y estaban introduciéndose en el cráter. Finalmente decidimos dar media vuelta y volver a la base.
- Ese descubrimiento era nuestro-
Me dijo Mustafa
- Tienes razón, pero éramos dos contra cuatro-
- No tienen derecho-
- En fin, cumplimos órdenes.
Ya en la base estuve ampliando las fotografías con el ordenador. No se apreciaba nada normal salvo que era un meteorito muy regular. Parecía más bien algo artificial, como un satélite. De golpe, oímos unos ruidos en la chapa exterior de la base, como unos pequeños golpes. Pierre, que era el tercer miembro del equipo, fue a mirar la pantalla de la cámara del exterior. Era el comandante Harris.
- Voy abrir-
Dijo Pierre.
- Mantenlo en la sala de descompresión-
Sugirió Mustafa y asi lo hicimos. Había un intercomunicador en la misma sala.
- Ábranme la puerta-
Ordenó el comandante Harris
- Hemos tenido un accidente, necesitamos ayuda-
Los índices de radioactividad de la sala se dispararon. El comandante Harris parecía una bombilla incandescente.
- Vamos a salir-
Le comuniqué al Comandante y aunque no parecía muy de acuerdo, no tenía fuerzas para oponerse. Nos pusimos los trajes. El comandante tenía quemaduras en la cara.
-Mis hombres-nos dijo-tienen que recogerles, necesitan asistencia médica-
-Esta bien, Mustafa, Pierre, id a buscarlos, yo me ocuparé del comandante-
- De acuerdo, pero debe permanecer en la sala de cuarentena-
Me advirtió Mustafa. Asi lo hice. Lo introduje en la sala de cuarentena. Lo puse encima de la mesa de operaciones que había para el reconocimiento de los accidentes. Había una pared transparente que separaba la sala de otra de control donde yo me fui. Le hice un scanner corporal y no presentaba ningún hueso roto pero si tenía quemaduras por todo su cuerpo. Había estado expuesto a una alta radiación.
Debía seguir en cuarentena y recibir un tratamiento adecuado. Le administré unos analgésicos mientras pedía ayuda a la tierra de que es lo que teníamos que hacer. La verdad es que las comunicaciones con la tierra se habían interrumpido, parecía como una interferencia. Ya había sucedido otras veces. Mis compañeros aún no habían regresado, intenté ponerme en contacto con ellos pero la interferencia tampoco me dejaba comunicarme con ellos. De repente, estábamos aislados.
Mustafa y Pierre habían vuelto.
- Ni rastro de los americanos-
- Se los ha tragado el planeta. Hemos buscado por todas partes y no los hemos encontrado. Cómo está su comandante?-
- Está afectado por la radioactividad. Necesita un tratamiento de cuidados intensivos pero la tierra no responde. Hay interferencias.
- Genial. No me gusta nada esta situación.
- Ni a mi. Tranquilicémonos y esperemos reanudar las comunicaciones con la tierra.
Decidimos tener controladas las constantes del comandante por si empeoraba. Mustafa había hecho más fotos al meteorito. Había perdido su color negro y parecía de una aleación plateada. Había en su superficie como unas inscripciones. Teníamos las fotos en la pantalla del ordenador y las mirábamos con curiosidad.
- Parece que hay algo escrito-
- Si, es lo que parece, son rugosidades, no creo que signifique nada, quizás los americanos le hicieron algunas pruebas.
- No, no, eso son signos, ¿que no te das cuenta?-
- ¿Signos? Puede que los americanos la marcaran. ¿Ya hay conexión?
- No, siguen las interferencias-
Estuvimos tres horas hasta que pudimos hablar con la tierra. Nos llego un mensaje con instrucciones.
" Prepárense para recibir nave de carga rusa. Recogerá heridos. Intenten recoger muestras meteorito."
- ¿Recoger muestras? Ya veremos, después de lo que hemos visto, eso parece una central nuclear-
Nos comento Pierre. Fuimos a preparar al comandante para su traslado. Sus constantes eran normales. Lo que era anormal era la piel de su cara, parecía que hubiera sufrido una insolación enorme. Le pusimos una sonda de alimentación intravenosa, pues no se había despertado aún.
Cuando llegó la nave rusa, se levantó una tormenta de arena y no teníamos visibilidad. Acoplaron la nave a nuestra rampa de aterrizaje. Por el muelle de carga, aparecieron los rusos con sus trajes espaciales.
- Buenos días. Mi nombre es Igor, comandante de la Soyuz 200. Venimos a recoger el herido.-
- Lo tenemos en la sala -hospital, acompáñenme -
Pero al llegar a la sala Hospital nos encontramos con una sorpresa, el comandante Harris se había incorporado y estaba sentado en la camilla.
- Comandante Harris, ¿como se encuentra?-
- ¿Dónde estoy?
- Esta en nuestra base, ¿no recuerda lo sucedido? Vino a pedirnos ayuda. La Nasa ha enviado una nave de rescate para que regrese a la tierra. Tiene que curarse esas quemaduras-
- Estoy bien, solo fue una explosión. ¿Y mis hombres?-
- No los hemos encontrado, igual volvieron a su base-
- Imposible, no hubieran vuelto sin mi. La explosión los debió desorientar, quizás se han perdido-
- No se preocupe, los buscaremos. Ahora debe volver con estos señores-
El comandante Harris se puso de mala gana el traje, y los hombres se llevaron a su nave. Cuando se hubo ido, nos sentimos un poco más tranquilos y no sabíamos muy bien porqué.
- Deberíamos buscar a sus hombres, puede que tenga razón y anden perdidos.
- No creo que los encontremos-dijo Mustafà- esa explosión los debió volatilizar, a veces los meteoritos guardan hidrogeno en su estructura y pueden resultar como una pequeña bomba nuclear-
- ¿Tu has visto alguno explotar?
- No, lo leí en un manual-
- Entonces, querido compañero, no te importará que lo ponga en duda-
- Quizás intentaron abrir le meteorito con algún explosivo-
- Esa versión ya me gusta más. Pongamos en marcha el radar, a ver si descubrimos algo-
Pero nada, estuvimos una hora escrutando la zona y no dimos con nada, salvo el famoso meteorito, a quince minutos de nosotros. De repente captamos un mensaje de socorro. Era la nave de los rusos que había recogido al americano.
"Tenemos que volver. Problemas con el herido. Ha empeorado. Necesita ayuda médica urgente, él no soportará la vuelta a la tierra. Prepárenlo todo"
Dispusimos todo para la vuelta de la nave, pero no volvió. Se quedó orbitando el planeta sin aterrizar. Le enviamos otro mensaje,
"Todo preparado para que aterrice. Indíquenos el motivo de orbitar"
Pero no hubo respuesta. Le enviamos varias veces el mensaje, hasta que en el video comunicador apareció el comandante Harris.
- Necesitamos ayuda. La tripulación se ha visto afectada por un virus, están con mucha fiebre. He conseguido anular el piloto automático pero no sé hacer volver la nave-
- Nosotros tampoco señor, buscaremos una solución. Vamos a llamar a la central para que lo guien-
Los tres nos miramos asustados. Mustafa fue el primero en hablar.
-Harris está infectado-
-Bueno, no nos precipitemos-dije yo-si estuviera infectado nosotros también lo estaríamos, y si es así, ¿porque los rusos han enfermado más rápidamente que nosotros?

La cuestión quedo en el aire. Enviamos un mensaje a la tierra explicando la situación. Nos respondieron que dentro de un cuarto de hora, nuestro responsable se pondría en contacto con nosotros por video comunicación. Puntualmente, apareció en nuestra pantalla de comunicación.
- Estamos elaborando un plan de emergencia, necesitaríamos que instalarais una cámara cerca del meteorito para observarlo. En cuanto a los hombres del comandante Harrys, estamos mirando de encontrarlos con los satélites.-
Mustafa y yo volvimos al meteorito, dispuestos a instalar la cámara.
- Sólo somos científicos, por culpa de este suceso tenemos detenidos todos nuestros experimentos-
- Son experimentos muy aburridos, el meteorito puede ser un hallazgo.
- O un peligro.-

El meteorito seguía en el mismo sitio, pero ahora la temperatura había bajado adaptándose al planeta. Pusimos el trípode con la cámara al borde del cráter y la enfocamos. En el meteorito se veían claramente unos signos escritos.
- Parecen signos mayas-
- O jeroglíficos-
- ¿Porque no nos acercamos más?-
Propuso Mustafá
- Ya sabes cuáles son nuestras órdenes, limitarnos a colocar la cámara-
- Nadie nos ha dicho de limitarnos a nada, voy a bajar-
No acepté de buen grado su proposición y me dispuse a esperar al lado de la cámara, mientras Mustafa se deslizaba cráter abajo. Lo hacía habilmente, como si toda su vida se hubiera dedicado al alpinismo. Tenía una mala impresión, como si algo tuviera que salir mal. Una vez llego abajo, estuvo mucho rato observando el meteorito. Fotografió los signos y volvió a subir. Empleó el doble de tiempo en hacerlo y llegó a mis pies muy cansado.
- Es increible- me dijo- Son unos signos muy parecidos a los mayas. Este meteorito ha sido escrito por una civilización inteligente-
- Esto es increible, ¿quién haría algo así?-
Regresamos a la base y pusimos en marcha la cámara. Tierra nos corroboró que recibían las imágenes correctamente. Mustafa cargó las imágenes al ordenador y buscó por internet el abecedario maya. Los signos eran muy parecidos.
- ¿Que vas hacer?-
Le pregunté
- Voy a ver si lo puedo descifrar-
Le deje hacer. Quizás así se relajaría un poco, aunque tenía la sensación de que esos signos eran imposible de descifrar. Pierre seguía pegado al radar. Yo empecé a mirar aquel meteorito. La central quería muestras pero eso era una masa sólida y compacta.

Donde había impactado el meteorito, en el cráter que había abierto, descubrimos una construcción. Había algo parecido a un templo, un edificio muy antiguo, hecho del mismo material que el suelo del planeta. Tuvimos que desenterrarlo, pues solo se veía lo que debía haber sido el techo. También encontramos huesos pertenecientes a algún tipo de ser vivo pero gigante, diez veces nuestro tamaño. Hicimos fotografías de todo y lo enviamos a la tierra. El esqueleto del ser tenía cierto parecido con el nuestro, pero su cráneo era más alargado, así como sus manos y sus pies. Tenía una gran columna dorsal, parecida a las espinas de los peces.


Capítulo 2

En algún momento de su existencia, ese planeta había tenido vida. Quizás fue
una base como la nuestra, de una civilización lejana que había venido a explorar
nuestro sistema. Mustafá dió con un objeto peculiar. Una especie de caja totalmente
pulimentada de algun mineral parecido al hierro. Llevaba inscrito unos códigos. La
recogimos y nos la llevamos a la base. Abandonamos el templo o lo que fuere sin
saber muy bien qué hacer con ese descubrimiento. Una vez en el laboratorio los tres
nos miramos la caja.
—La caja de pandora —exclamó Pierre.
—No seas cenizo, es la caja de una civilización que la dejó para que la
encontrara otra civilización, como lo que hacemos nosotros con nuestras
construcciones.
—¿Cómo lo sabes? Puede ser un explosivo, algún tipo de arma militar.
—Hazle una ecografía —propuse yo.
Pero nada, los sonidos no podían atravesar el material. Pierre intentó abrirla
con el láser, a pesar de las objeciones de Mustafá pero el láser no le hizo ni
cosquillas. Aparcamos la caja en una campana de vacío y nos dispusimos a cenar
para una vez acabado irnos a dormir. Durante la cena Mustafá nos comentó sus
temores.
—Deberíamos hacernos análisis de sangre, aún no sabemos si estamos
infectados.
—Yo me siento estupendo —dijo Pierre.
—De acuerdo, hagámonos los análisis.
Despues de nuestra cena, nos sacamos sangre con las jeringuillas láser y las
metimos todas en el HPLC. Al cabo de veinte minutos sabíamos que los tres
teníamos un componente en la sangre desconocido que la máquina no podía
descifrar pues no había paralelismo con ningún componente terráqueo.
—Estamos infectados —gritó Pierre. Pero Mustafá lo tranquilizó.

—No sabemos qué es, puede ser como si tuvieras colesterol. No tiene por
qué ser un virús.
—Podemos probarlo de aislar, inyectárselo a los ratones a ver qué reacción
tiene —Propuse yo. Así lo hicimos. Estuvimos observando el ratón media hora y
seguía tan vivo como nosotros.
—Me voy a dormir —dijo Pierre—. Me dá igual lo que tenga, si no me
despierto os dejo mi colección de películas.
—Es una pena que no sea un virus, daría lo que fuera por tener tus películas
—se burló Mustafá.
—Yo voy hacer lo mismo, quiero decir irme a dormir, no os dejo nada, no os lo
merecéis.
—Tú eres un mal amigo —ironizó Mustafá.
Ya en la cama, me costó de dormir. Al principió de llegar a la base me pasó lo
mismo, no podía dormir de excitación. Mi cabeza daba vueltas como ahora. Tuve un
sueño. La caja se abría pero no había nada. La base también estaba vacía. Pierre y
Mustafá no estaban. Toda la base estaba a oscuras y las paredes oxidadas,
envejecidas. Unos extraños seres parecidos al extraterrestre que habíamos visto
estaban mirando nuestra base. Después desperté. Sonaba el timbre del vídeo
transmisor de la Tierra. Era nuestro controlador.
—Siento despertarte, Dani. Pero tengo noticias. La nave de los rusos va a la
deriva, orbitando. Están preparando un rescate pero parece ser que se les acabó el
oxígeno. No debe haber supervivientes. No hemos dado con el resto de los
americanos, parece que se los ha tragado el planeta. Creemos que el meteorito es
radioactivo, por lo cual no os acerquéis. Os enviaremos robots para el trabajo de
arqueología…
El mensaje se acabó. Debería enviar fotos de la caja y los análisis de sangre,
para que vieran el extraño componente que tenían. Acabarían en cuarentena, a
saber. Quizás sería mejor no decir nada hasta que apareciera algún síntoma.Un
ruido le sobresaltó. Venía de fuera, en la puerta de desconexión. Conectó la pantalla
de televisión. Era uno de los astronautas americanos. Sabía que no podía estar vivo,
pues el oxígeno se le debió haber acabado hacía horas, pero allí estaba, golpeando
la puerta. Hizo hacer una zoom con la cámara de vídeo hacia su cara y parecía un
leproso: la piel se le caía a tiras. Llamó a sus compañeros.

—¿Que podemos hacer? ¿Podemos aislarlo, Mustafa?
—Es peligroso, pero podemos intentarlo. Hay que administrarle un sedante y
lo meteremos en la pecera de los ratones del experimento de gravedad´.
—¿Y qué hacemos con los ratones? —Pregunté yo inquieto.
—Los juntamos con los del experimento de visibilidad.
Ibamos a sacrificar dos experimentos de tres meses por el astronauta
americano, pero la verdad, todo había cambiado, estábamos inmersos en un gran
experimento. Nos pusimos los trajes Mustafá y yo. Pierre se quedó al mando en el
interior.
Nos costó convencer al americano para que se dejara administrar el sedante,
tuve que agarrarlo mientras me pegaba y Mustafá le inyectó a través del traje.
Murmuraba unas palabras.
—La serpiente...vigilar...
Una vez estuvo suficientemente atontado, nos lo llevamos a la sala de
experimentos y lo aislamos en la campana. Fue entonces cuando el americano
despertó y comenzó a hablar, como si no fuera él y alguién lo estuviera dirigiendo a
distancia.
—¿Por qué me habéis aislado? ¿que os he hecho yo?
—Es por su bien —le respondió Pierre.
—Creemos que se ha contagiado de un virus marciano y el protocolo nos
obliga a aislarlo.
—No saldréis vivos de este planeta, terráqueos, sólo yo os puedo ayudar,
soltadme y os ayudaré a regresar a vuestro planeta.
—No hagáis caso, la fiebre le hace delirar —dijo Mustafá, mientras el
norteamericano pretendía quitarse las sondas y golpeaba la campana de vidrio.
—Romperá la campana —grité yo, mientras pensaba que no había ningún
arma en nuestra base que pudiera detener al norteamericano poseido.
Pero estaba equivocado, Mustafá volvió con un soldador láser.
—No me obligue a usarlo, por favor, maténgase tranquilo.
El astronauta se relajó y se tumbó otra vez, mientras nos miraba.
—¿Quién eres? —Le pregunté.
—Soy un soldado. Mi objetivo es destruir al enemigo. Vosotros no sois
soldados, pero si os interponéis en mi camino os destruiré.

—¿De qué planeta eres?
—Esta información es secreta, no me la arrancaréis.
Pierre le inyectó otro sedante. Mientras se dormía, nos fuimos a la cabina
contigua a deliberar.
—¿Qué vamos hacer con él? —Preguntó Pierre asustado.
—Hay que encerrarle en el almacen de carga, que ahora no usamos. Lo
mantendremos incomunicado, hasta que vuelva una nave rusa y se lo lleve —
propuso Mustafá.
—Me parece bien —Acepté y Pierre asintió. Mustafá se llevó unas cintas de
plástico para maniatarlo. Cuando se disponía a hacerlo, el astronauta saltó sobre
Pierre y se parapetó en el, estrángulándole con el brazo.
—¡Soltad las armas!
—¿Qué es lo que quieres?
—Vuestra nave de emergencia... llevadme hasta ella.
Era una nave que se había diseñado para evacuar la base en caso de
emergencia. Sólo había combustible para salir del planeta y orbitar, mientras otra
nave vendría a rescatarnos. Nunca la habíamos probado. Empecé a entender qué
quería hacer el alienígena o lo que fuera. Quería propagar su virus. Simularía un
accidente y lo recogerían, infectaría a los rusos, como el otro alienígena, finalmente
llegaría hasta la Tierra y se propagaría.
—No podrás pasar los controles de seguridad —le dije yo.
—Eso lo veremos.
Mustafá se abalanzó sobre él, pero el alien mantuvo aprisionado a Pierre,
mientras con la otra mano frenó a Mustafá. Rápidamente le rompió el cuello a Pierre
y luego agarró a Mustafá y le hizo lo mismo: lo desnucó. Preso del pánico eché a
correr. Extrañamente, el alienígena siguió su camino hacia la lanzadera espacial,
dejanme por inútil. Mientras él se acomodaba en la nave, yo fui al laboratorio a
armarme con un pequeño láser de dissección. Después me dispuse a hablar con la
Tierra, pero el intercomunicador no funcionaba. El alien había hecho alguna cosa
con mi sistema de comunicaciones. La base empezó a temblar, la nave estaba a
punto de despegar. ¿Qué podía hacer? El alien o el virus o lo que fuera se escapaba
al espacio exterior y yo sólo tenía un láser de disección. Y encima estaba
incomunicado y con mis dos compañeros muertos.

Capítulo 3

Daniel pensó que lo mejor que podía hacer era desconectar la energía de la
base y con ello la nave no podría despegar. Tiró del mecanismo de seguridad y de
golpe, toda la base se quedó a oscuras. Luego se vistió el traje espacial y con el
bisturí eléctrico se encaminó hacia el exterior, hacia el cráter. A lo lejos vio una
figura, probablemente el alienígena, que se dirigía hacia él, furioso. Pero le llevaba
ventaja y parecía desplazarse torpemente. Bajó la ladera del cráter y penetró en las
ruinas de lo que debió ser una base marciana. Entonces una vez allí, se dirigió a lo
que creía que era el centro de mando. En él colocó la caja que se habían
encontrado, justo en un hueco que había y encajaba perfectamente. ¿Cómo supo
que la caja iba ahí? Él mismo se sorprendió, pero sabía exactamente dónde iba. Y
al mirar los signos de las mesas, podía entenderlos. Entonces, como si soñara,
penetró en una extraña historia. Unos seres de más de dos metros de altura, con
cabeza, tronco y extremidades, corrían por un campo. Otros seres parecidos a ellos
los perseguían. Entonces llegó el alienígena hasta él y el sueño se desvaneció.
—Hubieras podido salvarte y has decidido enfrentarte. Dame el conmutador
—Le pidió el alien. A toda respuesta, Daniel blandió el bisturí electrónico—. Esa
arma no va a detenerme. He estado en muchas batallas y me han herido con armas
mucho más dolorosas, pero nada me ha detenido. Te ofrezco una muerte rápida.
—¿Qué es este lugar? ¿Qué ocurrió?
—Es mi nave, pero se destruyó el sistema de propulsión. Me conservaron
reducido a un virus y vosotros lo activasteis. A través vuestro seguiré luchando.
—Pero, es posible que hayan pasado cientos de años y tu civilización y tu
enemigo no existan.
—Es igual. Sólo existo para luchar.
Daniel colocó el conmutador encima de la caja y cerró los ojos. Cuando
despertó, estaba echado en la cama de una habitación cuyas paredes eran
metálicas, y precisamente una de ellas, tenía una pequeña puerta con mirilla. Se

incorporó. En el techo había una pequeña cámara. ¿Dónde demonios estaba?
Entonces la puerta se abrió y entraron dos hombres con batas blancas. Uno
sostenía una pizarra digital en su mano izquierda.
—Daniel, por fin has despertado. Te estarás haciendo muchas preguntas,
¿no es así?
Le señaló la cama y se sentaron en ella.
—Verás, te recogimos abordo de una nave salvavidas mientras ésta orbitaba
Marte; estabas inconsciente y a punto de morir asfixiado, pero afortunadamente
llegamos a tiempo. Por cierto, este es el centro Lunar Internacional, y ahora que
más o menos sabes qué ha sucedido contigo, hemos de hacerte unas cuantas
pruebas. Son unos simples análisis, no hay de qué preocuparse, pero eso sí, hasta
el momento en que tengamos los resultados de éstos, no habrá más remedio que
mantenerte en cuarentena. ¿Lo entiendes, verdad? Es una simple precaución. En el
momento en que comprobemos que todo está en orden, podrás seguir con tu labor
de investigación.
—¿Puedo llamar a mi familia?
El hombre le miró con rostro serio.
—Hemos perdido el contacto con la Tierra. Por lo visto un virus se ha
extendido entre la población y ha causado estragos. Es probable que su familia y la
mía no existan. Lo siento.
Con las últimas luces artificiales de la base, me dispuse a volver a dormir y a
soñar con mi familia.

Capítulo 4
Daniel estaba abatido, sin fuerzas para volver a su trabajo de
experimentación. El pensamiento de que su familia había muerto o peor aún, que
estaba agonizante en algún hospital, le sumía en la desesperación. Por lo que
averiguó, él se encontraba en la zona de hospital de la base lunar internacional.
Tras comprobar que no estaba infectado, le dejaron deambular por la videoteca y
las dependencias seguras de la base. También almorzaba en el comedor, con los
demás científicos de la base.
El hombre de la bata blanca, que se llamaba Dr. Klein, quiso interrogarlo al
día siguiente en una sala aislada de la base, donde apenas habían más decoración
que dos sillas y una mesa. Se sentaron a la vez.
—Quiero que me cuentes desde el principio hasta el final todo lo que pasó en
tu base, qué ocurrió con tus compañeros.
Daniel le narró todo lo sucedido sin omitir detalle. Finalmente, Klein, después
de tomar notas de la narración de Daniel, le propuso.
—Es muy importante que escribas todo lo que viste durante la visita a las
ruinas extraterrestres.
«Hemos quedado aislados de la Tierra y nos proponemos seguir adelante
hasta que la Tierra vuelva a ser normal, aunque lo dudo. Los pocos informes que
tenemos sobre la ella indican que los militares han tomado el mando en los distintos
países y reina el caos fuera de las ciudades. Creo que incluso las lanzaderas rusas
están inservibles. Así que nadie nos visitará. Nos hemos reunido el comité científico
de la base y hemos acordado formar una expedición para volver a Marte y reprender
un nuevo estudio para contactar con esa civilización extraterrestre, si aún existe.
Igual encontramos algún remedio a este maldito virus que vuelve locas a las
personas hasta que acaban suicidándose. En las próximas semanas tendremos lista
una nave lanzadera que en cuestión de meses llegará a Marte. Pensamos que es
mejor que volver a la Tierra, donde igual perecemos todos.

Asentí, pues no me quedaba ya dónde ir ni qué hacer, y me pareció que esa
nueva misión nos podría llevar a una solución para el conflicto. En los próximos días
me presentaron cuáles serían mis nuevos compañeros: Hans, un científico alemán,
Jean un piloto de aeronaves francés y Akira un ingeniero japonés que solucionaría
los posibles desperfectos de mi base.
Cargamos una nave de transporte con alimentos liofilizados y herramientas.
Lo único que no teníamos eran armas. Encontramos unos soldadores láser para
trabajar en el espacio, que me parecieron que nos podrían salvar de alguna
situación, pero hubiera dado lo que fuera por no tenerlos que utilizar.
La base estaba como la había dejado. Akira arregló el sistema de energía y
pudimos volver a trabajar normalmente. Los ordenadores funcionaban
correctamente y pudimos establecer contacto con la base lunar. La Tierra, en
cambio, no contestaba.
En el ordenador seguían estando las fotografías que tomamos de los restos
arqueológicos que encontramos. Hans se había traído programas de traducción de
escritura egipcia y maya. Empezamos a tener resultados al cabo de un rato de los
signos que había en las paredes del templo-nave. La traducción era la que sigue:
“El nombre de esta zona es Cydona. Nosotros venimos de la constelación de
Orión circa. El nombre de nuestras estrellas es Khufu, Khafran, Menkanra, Saiph y
Bellatrix. Huimos de la guerra buscando un planeta donde volver a empezar.
Llevamos un cargamento letal que debemos destruir.”
Khufu, khafran, Menkhara coincidía con el nombre de las pirámides de
Egipto. Y el cargamento letal debía haber sido el virus que no destruyeron.
Decidimos convertir el laboratorio en un invernadero para poder sembrar
verduras y alimentarnos. También criaríamos los ratones de experimentación, su
carne era parecida a la del conejo y nos daría proteínas. De esta manera,
tendríamos asegurada la subsistencia.
A pesar de que el generador de la base producía una gravedad como la de la
Tierra, sufríamos las consecuencias de vivir fuera de nuestro planeta: teníamos
jaquecas repentinas, nos dolían los músculos y nos daban bajones de presión que
nos hacían reposar más de lo habitual. Y yo echaba a faltar a mi mujer. Aunque las
circunstancias eran tan especiales como para no pensar en otra cosa que en el

presente, a menudo que pasaron los días, empecé a darme cuenta de que estaba
como en una prisión de la que quizás ya nunca escaparía. Seguramente ya nunca
nos volveríamos a ver. Pero yo elegí esta forma de vida y ya sabía lo que me
esperaba. En cuanto a la civilización extraterrestre, pudimos decodificar una
leyenda.
Los alienígenas de Orión iniciaron un gran movimiento migratorio desde su
planeta en busca de un lugar que reuniese las mismas condiciones que el suyo. Por
lo visto tanto su constitución fisiológica como el sistema en el que vivían eran muy
parecidos al nuestro. También respiraban oxígeno, necesitaban agua y comían
vegetales y carnes parecidas a las nuestras. La carne de sus animales era muy
similar a nuestra ternera. Por algún motivo que aún no habíamos encontrado,
tuvieron que emigrar de su planeta, de su galaxia. Durante esa búsqueda, se
instalaron momentáneamente en Marte. Un momento que podía haber durado unos
cientos de años nuestros. Después, desaparecieron. ¿Dónde se encontraban
actualmente? El virus que había quedado latente en su base y del que los
astronautas americanos se infectaron, ¿tenía algún antídoto? Y esa solución,
¿estaba encriptada en la base marciana?»
Después de discutir sobre el tema, Hans me propuso un experimento.
—Estuve durante tiempo participando en sesiones de hipnosis que se
desarrollaban con ayuda de realidad virtual. A través de un equipo holográfico de
realidad virtual, desencadenábamos un programa hipnótico al que suministrábamos
unos datos concretos, en tu caso sería las traducciones que tenemos junto con tus
recuerdos cuando tuviste contacto con el virus. A veces funciona y el cerebro del
hipnotizado extrae conclusiones inimaginables.
Acepté el experimento. Me puso unas gafas de vídeo en tres dimensiones y
unos auriculares que me aislaban del ruido exterior. También me enfundé unos
guantes con sensores que imprimían sensaciones de tacto. En los entrenamientos
para astronauta, había aprendido a moverme sin gravedad con un equipo similar. En
la Tierra había equipos parecidos para sexo virtual, visionar películas, viajar… Había
establecimientos que sólo se dedicaban al entretenimiento virtual y en un principio
tuvieron mucho auge, pero a medida que se multiplicaron por las ciudades, la gente
dejó de ir. Sólo quedaban adolescentes enganchados a los videojuegos y gente que

quería pasar una experiencia sexual sin contraer ninguna enfermedad. También
hubieron los primeros adictos y se empezó a hablar de la virtualpatía, con lo cual los
psicólogos tuvieron otra fuente de ingresos. Claro que no todo fueron cosas
negativas, se podía conducir un avión desde la Tierra, hacer operaciones de cirugía
a miles de kilómetros de distancia y un sinfín de aplicaciones de control remoto. Los
gobiernos tuvieron que empezar a legislar y homologar las máquinas. Actualmente
habíamos entrado en la cuarta generación de realidad virtual, realmente parecido a
los sueños, donde ya no sabías si es verdad todo lo que veías y tocabas. Lo que
nunca había odio hablar era de hipnosis virtual. Por lo visto, estaba en fase
experimental por gobiernos y laboratorios farmacéuticos. Empecé a oír una serie de
ruidos parecidos a los cantos orientales de los monjes budistas y veía unos colores
agradables. Fue entonces cuando creo que me dormí. Sentí cómo mi cuerpo
entraba en una fase de relajación, suspendido o flotando en medio de líquido, sin
tener ni frío ni calor. Alrededor mío apareció la nave extraterrestre y delante, el
alienígena. Me observaba sin moverse. Entonces me habló.
—Sigues vivo.
—Sí. Te dí el conmutador.
—Hiciste bien, te hubiera matado.
—No lo hiciste.
—No eres ningún peligro para mí.
—¿Por qué has invadido mi planeta?
—Ya te lo dije, es mi naturaleza. Además, ellos querían eliminarme.
—Pero has casi destruido todo mi planeta.
—Tengo que preparar tu planeta para cuando vengan mis creadores, no
puede haber ni un peligro para ellos.
—Pero podríamos hacer un pacto.
—Yo no hago prisioneros.
—Dime cómo hablar con tus creadores.
—Ellos vendrán.
—No, debo hablar antes con ellos.
—Ellos vendrán.
—Escúchame, fuiste liberado por error, cuando los astronautas
estadounidenses entraron en tu nave. El cuerpo que ocupas es de su comandante.
Todo es un terrible error, debes pararte.
—No puedo parar. Soy un guerrero.
—¡Maldita sea! Tienes que poderte parar con algo.
—No te conviertas en mi enemigo o tendré que eliminarte.
—¡No soy tu enemigo! ¡No somos tus enemigos! ¡Todo es un monstruoso
error!
Pero el alienígena ya no dijo nada más y desapareció. Después me volví
llorando hacia las paredes de la nave. Tenía una gran tristeza en mi interior, como si
alguien muy querido por mí se hubiera muerto, alguien que no debería haber muerto
como un niño, un recién nacido, un feto en el vientre de su madre que habían
matado, que ya no podría crecer ni desarrollarse. Entonces Hans me despertó.
—Me has asustado, has empezado a llorar y tus pulsaciones han subido
hasta un punto crítico, por eso te he despertado. ¿Has conseguido algo?
—Sí, ahora sé que no tenemos ni la más mínima posibilidad.
Hans me dio un analgésico y un vaso de agua. Mientras me lo tomaba, llegué
a ciertas conclusiones.
—Hemos de conectar con los creadores del virus, pero ¿cómo? —le dijo.

Capítulo 5

Daniel tuvo una idea. Tenía el presentimiento de cómo contactar con los
extraterrestres. Se lo explicó a Hans.
—Mustafá dio con un objeto peculiar. Una especie de caja totalmente
pulimentada de algún mineral parecido al hierro. Llevaba inscritos unos códigos. La
recogimos y nos la llevamos a la base. Abandonamos el templo o lo que fuere sin
saber muy bien qué hacer con ese descubrimiento. Una vez en el laboratorio le
hicimos una ecografía. Pero nada, los sonidos no podían atravesar el material.
Pierre intentó abrirla con el láser, a pesar de las objeciones de Mustafá pero el láser
no le hizo ni cosquillas. Dejamos la caja en una campana de vacío.
Más tarde, cuando el alien se iba con mi nave salvavidas, me llevé la caja al
cráter y la coloqué justo en el hueco del centro de mando de la nave extraterrestre
que había y encajaba perfectamente. ¿Cómo supe que la caja iba ahí? Yo mismo
me sorprendí, pero sabía exactamente dónde iba. Y al mirar los signos de las
mesas, podía entenderlos. Entonces, como si soñara, penetré en una extraña
historia. Unos seres de más de dos metros corrían por un campo mientras otros
seres les perseguían. Luego el alienígena me despertó.
—Hemos de volver a buscar la caja.
Fui otra vez al cráter. Hans se quedó en el exterior, pues tenía miedo de
contaminarse. Yo bajé ayudado de una cuerda que sujetaba Hans. Luego, entré en
la nave. Todo seguía en el mismo sitio, como la última vez que había estado. Me
acerqué a la zona de mando y busqué la caja. Estaba allí, conectada en la ranura
donde yo la había puesto. La extraje. Hizo un ruido metálico. Luego la volví a
colocar. Entonces la estancia se iluminó. Daniel empezó a sentir una historia; la
historia de aquel pueblo extraterrestre.
»La familia reinante en Orion Circa, los omes, habían acabado por tiranizar a
sus súbditos ayudados por mercenarios: “El gobernador Om se volvió codicioso y
por esto trató con la guarnición que los reyes tenían, prometiéndoles entregar el
planeta de Menkanara y traer así alienígenas. De esta forma hizo esclavos; los

señores le hubieran matado si no hubieran tenido miedo a los alienígenas. Pero
Khufu y Kafran se enfrentan a los omes. En un principio favoreció la fortuna a los
omes gracias al auxilio de Saiph, pero después de treinta y cuatro años de lucha, el
planeta central de Orion Circa fue destruido, toda la familia Om asesinada, excepto
un hijo de Huanac Ceel que se encontraba de viaje. Sólo los mercenarios fueron
respetados pero Orion central quedó abandonado y la familia Om desaparecida.
»Los descendientes de los últimos Omes no olvidaron echar en cara a los
Khufu su origen extranjero, reclamándose ellos como representantes puros de la
ilustre familia Orión Circa.
»La destrucción de Orión Central acaeció sesenta años antes de llegar a
Marte. Todavía después de la caída de Orión Central sucedieron veinte años de
cierta prosperidad y abundancia, al cabo de los cuales volvió a cernirse el desastre
sobre Orión Circa: Una tormenta estelar arrasó el planeta Orión Central, a lo que
siguió un periodo de calma para después presentarse el virus y renovarse las
guerras intestinas, declinando la cultura su ocaso definitivo. La Nave se estrelló
contra el suelo de Marte y ninguno de sus tripulantes sobrevivió a excepción del
virus que contenía sus bodegas. No había más remedio que viajar a Orion Circa,
pero estaban a años luz, y las naves terrestres tardarían siglos en llegar, para
entonces La Tierra estaría sólo habitada por el virus y sus únicos descendientes
estarían fuera de ella».
Volvió para hablar con Hans.
—Sólo nos quedan dos posibilidades, o que los omes vuelvan a Marte o
reparar esta nave.
—Pero cualquiera de las dos posibilidades son imposibles de realizar. Los
omes puede que ya no existan y nunca volverán, y esta nave es una incógnita
porque no funciona como las nuestras.
—Deberíamos intentarlo.
—Existe otra probabilidad en la que he estado pensando, deberíamos crear
un Ome que le diera la orden de dejar de luchar al alienígena.
—¡Pero eso, también es imposible!
—No tanto, sólo hace falta encontrar datos de cómo son los omes y crear un
holograma que sea lo más semejante posible a un ome. Luego encontrar el código
bélico con el que se pasan las órdenes.

Se pusieron a trabajar en ello, pero sólo disponían de los códigos de la nave
y una tabla de referencia que habían descifrado. De esta manera se enteraron de
parte de la historia de los omes.
Su sistema de reproducción era diferente al de los humanos, más parecido a
una colmena, los omes se reproducían in vitro, porque normalmente sus relaciones
sexuales daban resultados estériles. Había pocas hembras y machos fértiles y éstos
debían fecundar al resto.
Su sistema político se basaba en una monarquía piramidal, su monarca daba
órdenes al resto aunque había un consejo de sabios al que podía consultar. Aunque
su tecnología estaba bastante avanzada con respecto a los terráqueos, solían
dividirse en productores y militares. Unos trabajaban y alimentaban a los militares
para que éstos a su vez guardaran sus fronteras de otros enemigos. Sus enemigos
no eran otra cosa que una escisión suya que se había vuelto ambiciosa y decidió
tomar una mejor parte de sus planetas. Esto había desencadenado su primera y
más cruenta guerra y dividido su sistema solar en dos partes. Además, de aquí
nacieron los virus que cultivaban y lanzaban contra sus enemigos para que los
destruyeran. De esta forma consiguieron ganar otra guerra sin apenas tener bajas,
pero luego el virus estuvo durante varios siglos en la población y hubieron planetas
en los que no se podía entrar, puesto que eran campos de batalla inexpugnables.
En una de las escrituras, se quejaban de que el virus era muy difícil de parar.
Su longevidad era una de sus peculiaridades. Un om podía vivir unos
doscientos años terrestres y quizás más, pero muchos perecían en las guerra y los
que no, acababan por suicidarse, lo cual estaba bien visto en su cultura, cuando se
llegaba a una edad en la que el om mermaba todas sus facultades, tanto físicas
como extrasensoriales. Acababa confinado a un engendro mecánico para moverse,
y esa inutilidad muchos no la aguantaban. Había desarrollado ya unos sistemas de
muerte casi instantáneas, sin dolor. Luego, el om era incinerado en una fogata a la
puesta de sus soles. Sus bienes repartidos entre sus más allegados.
Sus naves habían viajado a través del universo sacrificando generaciones de
omes. Propulsados por campos magnéticos gigantescos, se desplazaban en
periodos de tiempos largísimos, así, sus nietos eran quienes conquistaban el
planeta elegido. Algunas, nunca llegaron a su destino. Accidentes infructuosos
habían hecho perecer tripulaciones de omes.

El principio de los omes se perdía en el principio del universo. Habían pasado
de ser unos animales salvajes a construir instrumentos para cazar, cultivar la tierra,
domesticar otras especies de animales. De alguna forma se parecían mucho a los
terrestres, quién sabía si alguna de sus expediciones no llegó al planeta Tierra y
terminó evolucionando hasta llegar a convertirse en el ser humano actual, porque el
nexo de unión de ambas, razas era la guerra. Como los terrestres, todos sus
sistemas se habían desarrollado por y para la guerra.
Las guerras habían marcado sus fronteras, habían despoblado planetas y
colonizados otros. Quizás con el tiempo se sofisticaron, pero siempre había un
grupo que matara a otro, aunque fuera por métodos indoloros, el resultado y el fin
era el mismo: la muerte del contrario.
En la historia de los omes también se hablaba de un grupo que huyó fuera de
las rutas comerciales de las naves y rechazaba la guerra. Nada se sabía de él, era
muy reducido y negaban la tecnología. Vivían sumidos en un atraso que el resto de
los omes criticaba y su planeta era pobre, sin apenas minerales para extraer. De
cuando en cuando, algún hijo de ese grupo llegaba a las colonias cercanas,
buscando la modernidad que no le podían dar en su planeta, y buscando una vida
menos aburrida.
La cirugía en los omes había llegado a cotas muy altas. No así la medicina.
Existían muchas enfermedades incurables, sin remedio alguno, probablemente
debido a la contaminación de algunos de sus planetas. En cambio, las operaciones
de cirugía estética, el reimplante de miembros amputados por las guerras, eran
verdaderas obras de arte. Los guerreros tenían todas estas operaciones
gratuitamente, así como asegurado hasta su vejez su mantenimiento y cuidado.
No así los productores, que debían pagar con creces cualquier operación.
Había habido levantamientos de productores ya desde los primeros días de Orion
Circa y fueron aplastados por los guerreros. Esto dio lugar al desabastecimiento del
ejército, y en las vanguardias de sus batallas se pasó hambre, dando lugar a las
primeras hambrunas y las primeras derrotas frente al enemigo. Es por eso, que
dependiendo del gobernador que tuvieran, se vivieron épocas de más protección al
productor, equiparándolo al guerrero. Pero como dependía del gobernador en
cuestión, su sucesor podía abolirlo y así se volvía al levantamiento de productores.


Capítulo 6

Daniel estaba cansado, ya no sabía qué más hacer. El pensar que su familia había muerto o peor aún, que estaba agonizante en algún hospital, le sumía en la desesperación. Hans también estaba en la misma situación.
—Todos estamos igual, sin noticias de la familia. La base lunar ha sido militarizada por los estadounidenses.
—No sabía nada —contestó Daniel.
—Se han hecho cargo del control de la base hasta que dure la epidemia. El caso es que nadie sabe cuánto va a durar. He hecho amistad con otros astronautas, europeos y orientales, que empiezan a estar hartos de esta situación. Queremos volver a la Tierra y averiguar qué está pasando, pero los americanos no nos dejan. Quieren todo el combustible para hacer funcionar la base. Deberíamos tomar la nave y volver. ¿Tú vendrías con nosotros?
—Pero nos comprometimos a encontrar una solución, sé que estamos cerca.
—Hemos vuelto al principio, no tenemos ninguna solución para parar el virus. Creo que la respuesta al virus está en la Tierra. Esta noche va a haber una votación en la base lunar para ver quién quiere volver a la Tierra. La podemos seguir por videoconferencia.
Daniel sintió otra vez la sensación de peligro, que iba creciendo en su interior más que la tristeza que le dominaba. Decidió ir por la noche a la reunión por videoconferencia que suponía que sería bastante movida.
A la hora de la cena, conectaron con la base lunar por videoconferencia: un grupo de personas estaban celebrando ya la reunión. Había científicos de todas las razas de la Tierra. Nicolai, un científico ruso, estaba hablando en esos momentos.
—He comunicado al comandante estadounidense nuestra decisión de someter a votación el regreso y le he pedido que venga a la reunión. Muchos de nosotros queremos volver a la Tierra.
En esos momentos llegó el comandante, flanqueado por dos soldados que

portaban armas en las manos. El comandante habló al grupo.
—Señores, estamos en guerra. Según la Organización del Tratado del Atlántico Norte, de la que la mayoría de sus países pertenecen, debemos permanecer unidos y esperar órdenes de la Tierra.
Nicolai saltó de su asiento
—¿De qué tratado me habla? Esa organización hace un siglo que quedó obsoleta y mi país no pertenece a ella.
—Su país pertenece a las Naciones Unidas y éstá ha transferido su mandato a la OTAN. Tengo plenos poderes de ambos para hacerme cargo de la situación.
—¿Qué poderes? ¿Quién le ha dado esas órdenes?
—El presidente de la ONU. Deben calmarse, somos la única esperanza de la Tierra. Mis hombres y yo haremos lo que sea para controlar la situación.
—Eso se llama golpe de estado —gritó un científico de la delegación europea. Pero lo soldados blandieron sus rifles láser y los miembros de la reunión se contuvieron. La gente se dirigió a sus dormitorios. El comandante dispuso guardianes en los pasillos y Daniel apagó la pantalla. Se acostó y tardó mucho en dormirse, pensando en cómo los acontecimientos tomaban un rumbo que no le gustaba nada. Poco a poco se durmió de agotamiento.
Un ruido de voces del vídeo comunicador le despertó. Hans lo había encendido. Se oían disparos.
Los científicos habían tomado el control de la base por la noche. Algún soldado había sido herido. El comandante y sus hombres se habían hecho fuertes en la zona Norte de la energía. Pero Nicolai y los suyos les daba lo mismo, pues ellos avanzaban hacia las lanzaderas de la zona sur para embarcar en las naves.
Daniel reunió a su equipo y decidieron volver a la Tierra. Jean el piloto, dispuso la ruta hacía el astro aeropuerto de Charles De Gaulle a las afueras de París. Se prepararon para volver a la Tierra. Daniel ya no se acordaba de esa sensación. El despegue de la nave, el ruido ensordecedor, la presión aplastándole el pecho, hasta que por fin, una vez en el espacio, la presión se normalizaba. Al cabo de unas horas, volvió a sentirse presionado, estaban entrando en la atmósfera de la Tierra. Por la pequeña pantalla de televisión pudo ver cómo se aparecían los océanos. Fueron rumbo a Europa, la pista ya se veía a lo lejos. Allí la nave aterrizó,

violentamente. Hans le liberó de sus cinturones de seguridad y le ayudó a salir de la nave. Por fin el cielo de la Tierra y el sol les deslumbraba, cegándolos. Hacía un día magnífico. Las otras dos naves aterrizaron entonces, con un gran estruendo. También salió su tripulación, con la misma sensación de deslumbramiento. El astro aeropuerto estaba vacío. No se veía ni un alma.
—Hemos de caminar hacia el este, es donde está la base, a varios kilómetros de aquí. Llévense lo que puedan de la nave, hay raciones comestibles.
En unas bolsas improvisadas metieron la comida liofilizada y unos botes de agua. Eran las raciones de supervivencia por si la nave debía permanecer más tiempo en el espacio o si no aterrizaba en el lugar indicado. Caminaron hacia la ciudad de París. Jean les enseñó un pequeño GPS con las coordenadas de la base y efectivamente París estaba en esa dirección. Por el camino no encontraron ni una casa, sólo alguna rata que corría fugazmente. Daniel pensó que a lo mejor se alimentarían de ellas dentro de unos días. Después pensó en el alienígena. ¿Por qué le dejó vivo y no le mató como a sus compañeros? Probablemente Daniel no era ninguna amenaza. Por su culpa estaban en esa situación. Debía haber destruido el conmutador y nunca hubiera podido poner en marcha la nave. Pero el Alien le hubiese descuartizado.
Fue ya de noche cuando vieron las luces de París. Al acercarse, alguien hizo un disparo al aire y les gritó en francés. Jean le contestó. Mantuvieron una discusión en ese idioma y finalmente salieron más soldados y les rodearon.
—Hemos de acompañarles. Síganme.
Les tradujo Jean. Así lo hicieron. Les encerraron en un barracón. Al cabo de un rato llegaron un par de hombres con batas blancas y unas jeringuillas láser. Mantuvieron una conversación con Jean y éste se la tradujo.
—Quieren analizar nuestros fluidos en busca del virus.
Les hicieron las pruebas. Llevaban un micro-ordenador donde introducían las muestras y les daban los resultados. Volvieron hablar con Jean.
—Dicen que no estamos infectados. Nos van a traer mantas y comida y deberemos pasar la noche aquí. Por lo visto el comandante avisó de nuestra llegada. Pero las autoridades francesas no están de acuerdo con que los americanos tomen el control de la base y no nos consideran peligrosos.

Evidentemente la ONU no le había dado ningún poder al comandante norteamericano. Ahora bien, la Tierra estaba realmente en lucha. El virus había infectado más de la mitad de la población humana y los que habían sobrevivido se habían encerrado en ghettos aislándose de los contaminados. Por lo visto el virus hacía enloquecer en menos de cuarenta y ocho horas a un ser humano, volviéndose violento como un perro rabioso, intentando matar a quien se ponía por delante. Los soldados tenían órdenes de disparar a matar. La población sana se aisló en las ciudades, dejando fuera de ellas a los infectados. Éstos acababan matándose entre ellos o suicidándose pues no podían aguantar su situación. Era complicado abastecer a las ciudades, pues los infectados solían asaltar los cargamentos de comida. Eso inició una serie de hambrunas que diezmó parte de la población sana. El ejército se había hecho con el control de los países y se habían suspendido los derechos de los ciudadanos. Se había vuelto a una situación parecida a la Edad Media. Era muy difícil viajar de una ciudad a otra y ya no digamos de un país a otro. Los científicos estaban buscando vacunas para curar el virus, pero hasta ahora todos los intentos habían fracasado. Sólo podía retrasarse el momento en que el infectado desarrollaba la enfermedad. Existía gente que eran portadores del virus pero tardaban años en desarrollarlo, lo cual contrastaba con las personas que en sólo cuarenta y ocho horas enloquecían. Muchos sufrían alucinaciones y decían provenir de otros planetas fuera del sistema solar, dispuestos a invadir nuestro planeta.
—No conseguirás llegar a España.
Le dijo Jean. Y prosiguió.
—Es mejor que os quedéis aquí y esperéis a que el virus remita.
—Pueden pasar años y por entonces estaremos todos muertos.
Jean volvió al cabo de un rato con unos rifles láser y unas llaves:
—Esto es todo lo que puedo hacer por vosotros. Estas son las llaves de unas viejas furgonetas. Suerte.
Con las primeras luces del alba, Daniel cargó la furgoneta con unas latas de conserva que les dieron los franceses y el arma y arrancó. Akira quería intentar coger un avión que le devolviera a su país. Y Hans se dirigió con la otra furgoneta hacia Alemania.

El paisaje era desolador, como cuando había dejado la nave espacial. Por el camino no encontró ni un alma. Al final llegó la noche y paró para dormir. La furgoneta que llevaba era de las primeras en las que se instalaron paneles solares para alimentar un motor eléctrico que permitía velocidades de hasta cien kilómetros la hora.
Fue por la noche cuando oyó un ruido fuera de la furgoneta. Alguien golpeaba la puerta. Echó un vistazo por la ventana y vio varias figuras deambulando alrededor de mi vehículo. Encendió los faros. Eran unos hombres, sucios, con la ropa gastada, golpeando la chapa. Uno metió la mano por el hueco que tenía abierta de la ventanilla del conductor y le gritó.
—¡Sal, estás rodeado!
Le golpeó la mano con la culata del rifle y el hombre retrocedió. Pero otro hombre, con una piedra, le rompió el parabrisas trasero. Tuvo que salir del coche con el arma. Por suerte, ellos sólo llevaban cuchillos y palos. Disparó a uno en el brazo. Pero no huían. Uno de los infectados, que aún le quedaba unos minutos de vida, me habló.
—No tenías que haber venido. La Tierra es nuestra. Nosotros no hacemos prisioneros.
Después murió, pero sus palabras quedaron grabadas en la mente de Daniel.
Arrancó la furgoneta y prosiguió su viaje.
Desgraciadamente, la primera dificultad que se encontró es que la furgoneta no corría más de ochenta kilómetros la hora y en subida incluso menos. Podía tardar una semana en llegar a su destino. Pasó cerca de un pueblo y unos hombres habían hecho unas fogatas donde estaban quemando cadáveres, suponía que de infectados. El olor era nauseabundo. Los hombres le miraron un momento con curiosidad pero volvieron a su trabajo. Otras poblaciones por las que pasó habían sido incendiadas y ardían aún o desprendían columnas de humo. Finalmente, fue detenido en un control militar. Unos soldados tenían un par de tanquetas cerrando la carretera y le pidieron la documentación. Uno de ellos hablaba inglés e intentó explicarle su situación. Pero le dijo que no podía seguir, que vendría un superior militar para interrogarle y que debía entregarle las armas. Daniel se negó pero uno de los cañones de la tanqueta le estaba apuntando. Acabó haciendo lo que le

pedían y esperando a la autoridad militar, que llegó al cabo de una hora. Hablaba castellano y le dijo que debía acompañarlos hasta su cuartel. Así lo hizo, escoltado por las dos tanquetas, siguieron durante un par de kilómetros una carretera llena de baches, hasta llegar a una antigua fortaleza donde habían instalado su cuartel general. Dentro había helicópteros y más tanquetas. Le encerraron en las mazmorras, que eran húmedas y sin apenas luz. Al cabo de un rato, le interrogaron. Le llevaron a una sala donde apenas había una mesa y unas sillas, la autoridad militar y dos soldados. Le hicieron sentar. El comandante le explicó en castellano lo siguiente.
—Los americanos están muy enfadados con ustedes. Creen que son terroristas. No estuvo nada bien ese motín. Ahora debemos entregarlos a los americanos.
—Sus compañeros de París no lo hicieron.
—El ejército está dividido. Hay bandos que prefieren volver al pasado. Pero nosotros queremos llevarnos bien con los americanos. Cuando todo esto acabe, ellos seguirán siendo los que muevan la economía.
—Debería hablar con las autoridades europeas. No creo que les guste nada que nos entreguen a los americanos.
—Mire, Europa prácticamente no existe, es donde más se extendió el virus.
Le devolvieron a la celda. Después de una fría noche, unos soldados le vinieron a buscar y le hicieron subir a una tanqueta. Le trasladaron a otra base, por la carretera que habían venido. Esta otra base era subterránea, de tiempos de la guerra fría, preparada para un ataque con armas nucleares. Entraron en un túnel de una construcción parecida a una mina. El túnel se extendía como si fuera una línea de tren subterráneo, desembocando en una estación, donde había otros ramales de tubos y unos soldados descargando un camión. Daniel fue llevado a punta de fusil hacia dentro de la estación y encerrado en una habitación de aluminio iluminada por lámparas de bajo consumo. No había ningún mueble en la habitación, simplemente unas rejillas de ventilación por donde entraba aire caliente. Así que se sentó en el suelo dispuesto a esperar. Al cabo de un rato, un par de soldados vinieron a buscar a Daniel y se lo llevaron por un pasillo a otra habitación. En esta había un par de sillas y en una estaba sentado un Coronel, lo supo por la graduación y su

nacionalidad era norteamericana, pues llevaba un pequeño escudo con la bandera de estados unidos en el bolsillo de su chaqueta.
—Siéntese, Daniel. Soy Frank Smith, del ejército de los Estados Unidos de América. El motín en el que ha participado en la base lunar ha sido una mala acción —Daniel se sentó— fruto, sin duda, de los nervios. Pero para nosotros se trata de un acto de terrorismo. Y nosotros a los terroristas los ejecutamos.
—Yo solo quería ver a mi familia, no he hecho nada malo.
—Bueno, depende por lo que entienda hacer algo malo. Han matado a tres de mis hombres, robado unas naves de mi gobierno, han destruido parte de unas instalaciones... en fin. Pero estamos dispuestos a olvidarlo todo, si colabora con nosotros.
—¿De qué manera?
El Coronel cogió aire y se levantó de la silla, situándose a su espalda y le puso la mano en su hombro.
—Sabemos que ha estado expuesto al virus en la base europea de Marte, nos gustaría que se sometiera a una serie de pruebas...
De pronto sonó una sirena y el Coronel se alarmó, retirando la mano de su hombro y la llevó a su pistolera. Entró un soldado en la habitación.
—Acaban de entrar, pónganse a cubierto...
No pudo acabar la frase, el soldado cayó al suelo con un agujero en la espalda debido al disparo de un arma. El coronel intentó sacar su pistola pero también recibió el impacto del arma de un hombre que entró por la puerta. Iba vestido con ropa de calle y tenía el rostro del alienígena que se había llevado la nave salvavidas de su base. Le apuntó con un láser. Daniel sintió un escalofrío y pensó que era el fin. Pero el alienígena bajo el arma y le habló.
—Una de las cosas que admiro de tu raza, terráqueo, es vuestra tozudez. Debías haberte quedado en Marte, la Tierra es sólo un campo de batalla, muy pronto la colonizaremos.
Después de decirle esas palabras se fue otra vez. Daniel tomó el arma del coronel y salió el pasillo. Se oían disparos y explosiones por todas partes. Intentó volver a su celda. Por el camino tuvo que evitar a un grupo de soldados que disparaba contra infectados. Abrió una puerta y se encontró a Hans y Akira en una

celda. Probablemente los habían detenido como a él.
—¡Rápido! ¡Hemos de irnos!
Se fueron hacia la estación y Hans, el alemán saltó a la cabina del camión que habían abandonado, lo puso en marcha y todos se subieron al camión. Enfilaron el túnel y se llevaron por delante a un infectado, mientras los disparos de los soldados impactaban en la puerta trasera de la caja del camión. Encendieron las luces y después de una loca carrera, salieron a la superficie y tomaron la carretera.
—¿Hacia dónde vamos? ¡Deben haber más controles!
Dijo Akira. Daniel metió mano a la guantera y sacó un mapa. Lo estuvieron estudiando pero les faltaba un punto de referencia para saber dónde estaban.
—No dispararán a un camión de los suyos.
Dijo Daniel, si estar muy seguro de lo que decía.
—Este es el castillo, estamos aquí.
Dijo Akira, señalando a un punto dentro del mapa. Leyeron los nombres del mapa y Akira dijo que uno correspondía a una ciudad cerca de París. Si conseguían llegar allí, podrían volver con Jean.
—¿Qué te han dicho en el interrogatorio?
Le preguntó Hans a Daniel. Daniel pensó que era mejor no explicarlo todo, sólo lo necesario.
—Querían saber quién empezó el motín.
—¿Y cómo has podido escapar?
—Han entrado unos infectados y he aprovechado para irme.
—Has tenido mucha suerte.
—Ni que lo digas.
—Creo que lo mejor sería buscar un escondite y más adelante ya discutiremos qué hacer.
Esa noche aparcaron el camión para dormir en un grupo de casas que habían sido quemadas recientemente. Se propusieron turnarse para estar despiertos y que no les pillara desprevenido un ataque. Pero por la noche no les atacaron. Fue por la mañana, un grupo de infectados quiso subirse al camión y tuvieron que abrir fuego. Morían como los hombres pero sabían que no eran ya seres racionales, si no peligrosos psicópatas.

Capítulo 7

Año 1 Después de la Invasión. La Tierra.
El virus se había extendido por todo el mundo, los países estaban en estado de excepción, bajo toque de queda y rigiéndose por las leyes militares. Las administraciones estaban militarizadas, e imperaba la preferencia de ganar la guerra al virus extraterrestre. Pero los centros de investigación no daban con el antídoto, lo único que se podía hacer era poner en cuarentena a los infectados y si se volvían peligrosos eran eliminados. La enfermedad se propagaba por contacto directo, con lo cual si eran aislados los enfermos se podía limitar los infectados. El problema es que la enfermedad también se transmitía a los animales y éstos a su vez la podían volver al ser humano por contacto, con lo cual las poblaciones debían estar herméticamente aisladas o podían infectarse en cuestión de días. Los científicos habían construido burbujas de fibras transparentes como enormes peceras alrededor de las ciudades y poblaciones y cualquier elemento que entraba o salía era previamente analizado y descontaminado.
Los creadores del virus de momento no habían aparecido. Algunos médicos que habían investigado la enfermedad sostenían que todo era una invención de los infectados, pues les destruía ciertas zonas del cerebro y les activaba otras, donde se memorizan los recuerdos o se acumulan los conocimientos.
Daniel y los suyos habían intentado sin éxito entrar en alguna población para comunicarse con sus respectivas ciudades, pues les habían informado de que las comunicaciones habían vuelto a funcionar. De Jean habían perdido el rastro. Intentaron volver hacia la base francesa, pero les costaba mucho avanzar, porque cada día había más enfermos que les atacaban. Daniel se preguntaba por qué ellos no estaban infectados. Se lo comentó a sus compañeros.
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—Quizás en Marte estuvimos expuestos a alguna sustancia que nos hace inmunes.
Le dijo Hans. Daniel pensó en las últimas palabras del Coronel americano y de las pruebas que le quería realizar. Era probable que hubiera algo que ellos no sabían. Akira estaba estudiando el mapa que habían encontrado en el camión que tomaron prestado de la base. De momento se habían refugiado en una casa (o lo que quedaba de ella) que debía haber sido de alguna familia de campesinos, pues estaba rodeada de campos de maíz que habían sido abandonados a medio cultivar, y las herramientas y un tractor estaban en medio de ellos, con los surcos del arado marcados. Se imaginaron un fin horrible de la familia a manos de unos infectados.
—Nos trasladaron bastante lejos de la base de Jean cuando nos capturaron y hemos de cubrir mucha distancia aún —Dijo Akira consultando el mapa y un GPS muy primitivo que aún funcionaba.
El segundo día de viaje se dieron cuenta de un hecho extraño, apenas se veían apestados por las carreteras, como si se hubiesen escondido. Encontraron a un hombre de aspecto normal, que caminaba en dirección a una ciudad.
—Oiga, señor, ¿aquí no hay virus?
—Por la radio han dicho que el virus está remitiendo, la gente ya no se infecta y los enfermos se están curando. Nadie sabe las causas pero es lo que está ocurriendo.
—Creo que si eso es verdad, entonces podemos volver a casa.
Acordaron no dividirse otra vez. Hans quería volver a su país y Akira quería acompañarlo para ver si desde Alemania se podía tomar un vuelo hacia Japón. Daniel iría con ellos, para después disponer del camión y volver hacia España. Pero al cabo de un tiempo fueron detenidos por otra patrulla del ejército, que no habían oído hablar nunca de Jean y les llevaron a un campo de detención para hacerles unos análisis. Habían vallado unos barracones y allí, otros en la misma situación que ellos, esperaban su turno. La mayoría eran franceses, algunos habían sido detenidos mientras robaban en algún comercio abandonado o simplemente por ser sospechosos de estar infectados. El hecho de que Daniel y compañía fueran en un camión militar era muy sospechoso y un oficial quería saber de dónde lo habían sacado. Daniel mintió diciendo que lo habían encontrado abandonado, pero el oficial no se dio por satisfecho y se retiró para hacer sus comprobaciones. Un hombre se les acercó.
—¿De donde sois?
—Él es alemán, este es japonés y yo soy español.
—Menuda mezcla, ¿de dónde habéis salido?
—Estamos de paso. Dicen que la enfermedad esta remitiendo.
—Sí, ha sido algo muy extraño, como un milagro, los apestados se curan. Ya nadie enferma, pero los militares tienen el control. A mí me detuvieron cuando intente volver a mi casa, hay toque de queda y no dejan circular a nadie. Hay mandos militares que prefieren una situación de guerra, todo el mundo bajo sus órdenes.
La conversación se acabó cuando vino a buscarlos un soldado y se los llevó a uno de los barracones donde les sacaron sangre para analizar, luego los devolvieron al exterior. Más tarde el soldado volvió pero solo se llevó a Daniel.
Un médico vestido con una bata blanca de la Cruz Roja le hizo tender en una camilla y le pidió que extendiera el brazo. Llevaba una jeringa automática.
—¿Que es esto? —Le preguntó Daniel.
—Es solo un calmante.
—No necesito ningún calmante, quiero que me dejen salir de aquí.
Dos soldados más vinieron y le sujetaron con fuerza mientras el médico le inyectaba el tranquilizante. Al poco tiempo se sintió muy relajado, sin fuerzas, el cuerpo placentero. Entonces apareció el oficial y le empezó a preguntar:
—¿Es uno de los astronautas de la base marciana?
—Me está reteniendo contra mi voluntad, habrá comprobado por los análisis que no estoy infectado.
—Debe colaborar con nosotros, es muy importante. Debemos hacerle unas pruebas. Después podrá irse.
Daniel fue trasladado a un edificio más al Norte. Allí habían todo tipo de aparatos de alta precisión, y le hicieron resonancias magnéticas, escaners, tag´s... Perdió la noción del tiempo. Cuando despertó le habían desnudado y sólo llevaba una bata blanca. No tenía fuerzas para levantarse. Una enfermera le daba de comer a las horas convenidas. Cuando vino el médico le preguntó.
—¿Qué es lo que me ocurre?


—Nuestros cuerpos están llenos de pequeños invasores: bacterias, virus, protozoarios. Por millones, habitan nuestro intestino, colándose a través de la comida y del aire que respiramos. Usualmente no son un problema. En realidad, algunos son inclusive beneficiosos, y los que no lo son, son controlados por medio de nuestro poderoso sistema inmune, el cual reconoce y destruye los patógenos antes de que éstos estén fuera de control. Sin el sistema inmune, los seres humanos morirían.
»Pero nuestro sistema inmune funciona de manera diferente en el espacio. Este complejo sistema está compuesto, esencialmente, por células que combaten enfermedades, y que pueden viajar a través de todo el cuerpo. Aunque existen muchos tipos de células en el sistema inmune, éstas están típicamente divididas en dos categorías: las células B, las cuales producen anticuerpos —proteínas que se adhieren a los gérmenes u otros invasores, marcándolos para ser destruidos— y células T, los soldados del sistema que físicamente atacan y destruyen a los patógenos.
»En el espacio, estas células no funcionan de la manera como lo hacen en la Tierra. Las células T, por ejemplo, no se multiplican adecuadamente; no hay tantas como debería haber. No se pueden desplazar muy bien. No se comunican unas con otras tan eficientemente. En general, parecen ser menos capaces de destruir a los gérmenes invasores.
—Pero, el virus infectó a toda la Tierra.
—Sólo a una parte, después mutó con nuestro organismo y éste le pudo. Digamos que el virus estaba creado para trabajar en el espacio no en nuestro planeta.
—Entonces si estamos a salvo, a qué vienen tantas pruebas.
—Ustedes son portadores pero no lo han desarrollado. Debemos investigar por qué y prepararnos para futuros ataques.
—Me niego a seguir siendo un conejillo de indias.
—Usted no decide, piense que el bien de la humanidad está por delante de todo.
Y el médico se fue. Daniel quiso irse pero no pudo, no tenía fuerzas para levantarse.
Después se quedó dormido y soñó con el alienígena.
—Habéis ganado la batalla, pero no la guerra.

—¿Qué quieres decir con eso?
—¿No te has dado cuenta que he cambiado de dueño? Me están desarrollando tus militares, haciéndome letal para tu población. Dentro de poco seré un guerrero inabatible.
—¡Dios! ¿Pero no te das cuenta que la mayoría no queremos la guerra?
—Creo que tus militares piensan diferente a ti. Lo siento. Lo siento de verdad, porque verdaderamente me había empezado a gustar tu raza.
Daniel sintió que ahora realmente sí que estaba todo perdido.

© Francesc Bover, 2005

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